Segovia: Deseando volver

Tengo mono de viajar, de volar, de soñar. Echo de menos las esperas, los nervios, las prisas, los horarios, las maletas y aunque algunos se sorprendan, echo de menos el cansancio que provoca viajar. Hace casi cerca de 6 meses que no viajo y comienzo a necesitarlo. Buscando en mi cajón de recuerdos, caí en la cuenta de que no había mencionado todavía uno de los viajes que más ansiaba realizar. Digamos que más allá de la cultura arquitectónica del lugar o su gastronomía típica, el entusiasmo por viajar a Segovia estaba en que allí se encuentran 2 de las mejores cosas que obtuve de mi vida en Italia.

Tanto Ana como Laura fueron dos de mis compañeras de aventuras, con las que conviví en Perugia durante nuestra etapa erasmus y pasaron a formar parte de mi vida con una fuerza arrolladora. Tras volver de allí, cada una regresó a su ciudad y creo que en este punto he de decir que no siempre se cumplen los dichos, o al menos no ese que dice "la distancia hace el olvido".

En la parte alta del Acueducto
En Junio de 2014, tras acabar mis exámenes y ser libre de algún modo, cargué mi maleta de ganas e ilusión para coger rumbo a Segovia, una ciudad que me sorprendió en muchos aspectos. El primer trayecto de tren era hasta Madrid, donde la estación de Chamartín me acogía con menos de 15 min entre tren y tren, lo que suponía una sensación de estrés y nervios por miedo a perder el segundo tren que me llevaría hasta Segovia (no sería la primera vez que por retraso, pierdo un segundo transporte). Sin demasiados contratiempos y con un hambre atroz, llegaba a Segovia, con su flamante estación nueva para el AVE. Tengo que hacer un algo en el camino para avisar, que si váis a Segovia en AVE, la estación está a varios kilómetros de la ciudad, no os peguéis el susto al llegar.

Tuve la suerte de que Ana viniese a recogerme junto a su madre (aprovecho para mandarte un beso grande Belén). Ana vive en una parte de Segovia que ciertamente me pareció no solo acogedora si no también encantadora. Era como una especie de pueblecillo de calles bonitas y casas no demasiado altas, nada que ver con Albacete, en la que todas las calles parecen iguales. Recuerdo que vivía al otro lado del Acueducto, como hacia la parte de abajo de Segovia, o así me lo imaginaba yo, porque para ir al centro debíamos subir y para volver a casa, íbamos cuesta abajo.


El Alcázar de Segovia desde la Fuencisla.
El Acueducto es cosa aparte, en ningún momento (o al menos a mí me pasó) esperaba algo tan majestuoso y grande en un sitio tan pequeño, era como decir "no puede ser". Ana me contó varias leyendas urbanas sobre el Acueducto, una de ellas, sobre la virgen y el demonio y un hueco que hay en mitad de la construcción. Supongo que el Acueducto es lo que marca la zona más céntrica de Segovia, todo peatonal y con calles con muchísimo encanto. Calles pequeñas, con más de una cuesta y bares escondidos en el lugar más insospechado.

Me encantó perderme por esas calles que llevaban hasta el Alcázar (aunque debido al calor me quemase los hombros jaja) y disfrutar de las vistas que el lugar nos regalaba. Junto a Laura y Ana dimos un largo paseo hasta terminar tumbadas en una espesa manta de césped a los pies del Alcázar en la Fuencisla, que pese a que nos costó llegar, la tarde pareció detenerse mientras charlábamos y nos contábamos como había sido nuestra vuelta a España. Obviamente el cochinillo estuvo presente en la mesa durante uno de los mediodías y pese a que en un principio me dio cierta penita, al final me dejé seducir por el sabor.

Lo cierto es que fue un viaje corto pero muy intenso y pese a que ya han pasado 2 años, estoy deseando volver a tierras segovianas y disfrutar de nuevo de las mejores compañías. Nos vemos pronto :)
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